Miedos de masas
Leo en El País, que en Rumanía ha entrado en vigor una ley que obliga a los medios a dedicar tanto tiempo a las buenas noticias como a las malas y la marea de críticas que esta ley ha desencadenado. Los medios han reaccionado equiparando la medida, a la censura impuesta en los años de Ceaucescu. Esta noticia en si, se me antoja como una mala noticia, una virulenta reacción del mercado de la información que intenta evitar una regulación, que considera va en contra de la libertad de expresión y por tanto del interés público. Como amante de las buenas noticias me llama la atención que algo tan bienintencionado pueda causar semejante polémica.
Recuerdo la sonrisa que dibujó en mi cara leer sobre un hombre que construyó una ciudad entera con galletas y cómo esta noticia estimuló mi imaginación y me llevó a pensar en los estragos que podría causar en semejante urbe, un tsunami de leche caliente. O el hallazgo de una nueva especie de Lemur. El descubrimiento de la Kryptonita. O el caso de la mujer millonaria que disfrutaba tanto del Festival de Edimburgo que decidió dejar la mayoría de su fortuna a la institución que lo organiza, hecho que se descubrió una vez la mujer falleció. O el caso de este pensionista británico que fue expulsado de su pub local por tirarse unos terribles pedos que apestaban al resto de los invitados. En definitiva, noticias en las que no hay muertes violentas. Noticias que destacan lo peculiar y diverso del carácter humano, tanto en prosperidad como en tragedia. Noticias que muestran que hay algo más y que los sucesos en el mundo no se reducen al vicio de la violencia sin sentido, la lucha constante, el chismorreo, la militancia ideológica, los pulsos políticos y las historias que muestran la carencia más absoluta de empatía, que llenan día sí y día también, las páginas de los diarios del mundo entero. Estas buenas noticias que a mi me llaman la atención, aparecen a menudo enterradas en secciones menores de los medios, como meras curiosidades. Pero en mi opinión dan un balance necesario para la sostenibilidad del optimismo. Si bien es cierto que no siempre ocupan las portadas las noticias más trágicas y que ocasionalmente un tratado político unificador y positivo, un deportista con una victoria brillante o cualquier otro asunto igualmente afirmativo, jamás he visto ninguna de estas buenas noticias como las que antes enumeraba, ocupar la portada de un periodico.
En 1932 la BBC comenzó su servicio de noticiarios en televisión, el primero del mundo, por aquel entonces era práctica común que si no sucedía nada de gran relevancía en el escenario político nacional o internacional, los noticiarios fuesen más bien cortos y comenzasen con la ya legendaria frase: "There is no news.", seguida de música para piano. Hagamos aquí una breve pausa para asimilar este dato y hagamos el ejercicio de intentar extrapolarlo a los medios que conocemos hoy día. Os podeis imaginar encender un día la televisión, poner la CNN y escuchar al presentador decir "There is no news"?. Este escenario hipotético es sencillamente impensable a día de hoy. Con medios dedicados enteramente a las noticias, 24h al día, 365 días al año, las noticias han creado una industria mediatica a su alrededor que explota los sucesos del mundo como la industria petrolera explota el oro negro. En la industria mediatica, la noticia es materia prima y mercancía. Extrayendo hasta la última gota de potencial, sacando noticias de donde no las hay, convirtiendolo todo en noticia. Un mundo sin noticias es sencillamente un mundo que no le sirve a la industria mediatica.
La noticia da forma al panorama del discurso público, aquellas noticias más presentes en los medios, son las que más se debaten y aquellas que los medios ya no reflejan, desaparecen en el olvido. También es curioso observar los factores que hacen que una noticia sea relevante. Todos los días muere alguien en Irak como consequencia directa de la violencia desencadenada por la ocupación, sin embargo los medios de masas solamente se hacen eco de estas noticias cuando hay más de cierto número de muertos o cuando el escenario del drama es particularmente trágico, esto es, cuando el suceso se desvía por algún motivo de la norma del día a día, que en el caso de Irak es ya de por si turbulenta. Después de todo, la gente no quiere la portada de todos los diarios ocupada por las muertes violentas en Irak, día tras día. Hubo un momento en la guerra de Irak en la que un editor de un diario, tuvo que decir "la noticia de los cuatro muertos de Nayaf hay que moverla de la portada a la sección internacional", cuatro muertos en Nayaf ya no son una noticia lo suficientemente relevante para una portada. Al menos no tan relevante como hace cuatro años. Esta misma reflexión se puede llevar a otros sucesos. Las consecuencias del tsunami que arrasó con el sureste asiatico hace cuatro años aun se hacen notar, y seguramente seguirán presentes durate décadas, sin embargo el tsunami ha desaparecido del discurso internacional. El punto de mira de los medios se ha movido a otros asuntos de más actualidad y el tsunami ha caido en el olvido. Y con ello las donaciones destinadas al alivio de los afectados por ese desastre, se han visto reducidas a la nada más absoluta. Las noticias afectan a nuestras conversaciones de diario, toman nuestra atención y la dirigen, afectan no solo nuestras formas de pensar si no los temas sobre los que pensamos y sobre todo, afectan nuestra percepción de la realidad.
Recuerdo el caso de mi abuela, cuyo juicio parece a menudo turbado por una avanzada edad, tomó por costumbre esconder los cuchillos más afilados por toda la casa. Recuerdo pedirle un cuchillo para cortar un poco de jamón y me guió hasta el cajón de su ropa interior, para extraer de allí un cuchillo jamonero de dos palmos. Me quedé estupefacto. Le pregunté porqué hacía eso y ella dijo: "una ya no se puede fiar de nadie, no viste ese caso en la televisión en el que un marido mató a su mujer dándole cuarenta puñaladas en el pecho con un cuchillo?". Mi abuela era aficionada a los programas televisivos de sucesos que se emiten, desde hace unos años, justo antes del telediario y de estos programas obtenía argumentos para justificar sus comportamientos más extraños. Ella escondía los cuchillos porque tenía miedo, miedo de que su propio marido o cualquier extraño, pudiese usar uno para matarla a ella. Ese miedo no está fundamentado en su realidad de diario, mi abuelo era un hombre inofensivo y mi abuela vivía en un barrio en el que nunca pasaba nada. Es un miedo percibido e irracional, un miedo aprendido, un miedo "contraido" por decirlo de alguna manera, como el que contrae una enfermedad, un virus. Una enfermedad diseminada sin control por unos medios virulentos que exprimen como noticia hasta el estiercol más apestoso de la especie humana, reciclando en miedo los deshechos de nuestra propia existencia.
La falta de regulación, permite la más brutal de las explotaciones, sin contemplación por los fenómenos que esa explotación causa. Esto es lo que sucede en cualquier mercado capitalista cuando la actitud laissez faire toma el asiento de conductor. Y así como la explotación de cada gota de petroleo de este planeta, nos está llevando de cabeza a un desastre climático sin precedentes. La explotación de la noticia está convirtiendo a las personas en seres temerosos del prójimo, capaces de rendir sus libertades más preciadas por seguridad percibida, dóciles y apaciguados ante la impotencia de sentirse irrelevantes porque nada cambia, todo sigue igual, la crueldad humana no conoce límites y para pruebas fehacientes de esta falacia no hay más que encender la tele y poner un canal de noticias de veinticuatro horas.
Es por ello que iniciativas que intenten regular las noticias como recurso para el bien público como la tomada por el gobierno Rumano, me parecen interesantes. Demuestra una comprensión de que nuestra reacción emocional hacia las malas noticias puede ser la semilla de una profunda infelicidad endémica y que la búsqueda de un balance es digna de contemplación. Y sobre todo, la regulación del mercado que tiene a la noticia como su mercancía. Si bien es ridículo intentar crear un mundo utópico a través de los medios eliminando del panorama mediatico las malas noticias, lo que el gobierno Rumano intenta con esta iniciativa es buscar un equilibrio. No comprendo las acusaciones de los defensores a ultranza de la libertad de expresión, pues no se está quitando ningún derecho. Los medios aun podrán dar malas noticias si así lo desean, lo único que la legislación propone es la búsqueda de un balance, la compensación de las malas con las buenas. Que se dedique el mismo tiempo al descubrimiento de una nueva especie de flor, que a cuatro muertos más en Nayaf. Esta iniciativa no retira los derechos exitentes de ningún ciudadano a estar informado, si no que añade a la oferta de noticias entre las que la gente puede escoger. Y cualquier iniciativa que proporcione a la gente más libertad y no menos, es digna de ser considerada seriamente. Me parece una iniciativa saludable y ejemplar.
Escudarse tras las murallas de la libertad de expresión para preservar un status quo es rastrero. A menudo las palabras libertad de expresión se usan como arma arrojadiza y el hacerlo así desvirtua su significado real. Los medios hace mucho tiempo que han dejado de satisfacer el interés público y que han caido en el reduccionismo del anáisis de mercado, donde se estipula que lo más interesante es aquello que mueve a las audiencias más numerosas. La noticia es un bien de consumo y los nuevos defensores de la libertad de expresión no son más que liberales contrarios a cualquier regulación de este mercado. En este panorama la libertad de expresión carece de legitimidad intelectual y se reduce a frase hecha, vacía de significado pero con potencial como arma arrojadiza.
Recuerdo la sonrisa que dibujó en mi cara leer sobre un hombre que construyó una ciudad entera con galletas y cómo esta noticia estimuló mi imaginación y me llevó a pensar en los estragos que podría causar en semejante urbe, un tsunami de leche caliente. O el hallazgo de una nueva especie de Lemur. El descubrimiento de la Kryptonita. O el caso de la mujer millonaria que disfrutaba tanto del Festival de Edimburgo que decidió dejar la mayoría de su fortuna a la institución que lo organiza, hecho que se descubrió una vez la mujer falleció. O el caso de este pensionista británico que fue expulsado de su pub local por tirarse unos terribles pedos que apestaban al resto de los invitados. En definitiva, noticias en las que no hay muertes violentas. Noticias que destacan lo peculiar y diverso del carácter humano, tanto en prosperidad como en tragedia. Noticias que muestran que hay algo más y que los sucesos en el mundo no se reducen al vicio de la violencia sin sentido, la lucha constante, el chismorreo, la militancia ideológica, los pulsos políticos y las historias que muestran la carencia más absoluta de empatía, que llenan día sí y día también, las páginas de los diarios del mundo entero. Estas buenas noticias que a mi me llaman la atención, aparecen a menudo enterradas en secciones menores de los medios, como meras curiosidades. Pero en mi opinión dan un balance necesario para la sostenibilidad del optimismo. Si bien es cierto que no siempre ocupan las portadas las noticias más trágicas y que ocasionalmente un tratado político unificador y positivo, un deportista con una victoria brillante o cualquier otro asunto igualmente afirmativo, jamás he visto ninguna de estas buenas noticias como las que antes enumeraba, ocupar la portada de un periodico.
En 1932 la BBC comenzó su servicio de noticiarios en televisión, el primero del mundo, por aquel entonces era práctica común que si no sucedía nada de gran relevancía en el escenario político nacional o internacional, los noticiarios fuesen más bien cortos y comenzasen con la ya legendaria frase: "There is no news.", seguida de música para piano. Hagamos aquí una breve pausa para asimilar este dato y hagamos el ejercicio de intentar extrapolarlo a los medios que conocemos hoy día. Os podeis imaginar encender un día la televisión, poner la CNN y escuchar al presentador decir "There is no news"?. Este escenario hipotético es sencillamente impensable a día de hoy. Con medios dedicados enteramente a las noticias, 24h al día, 365 días al año, las noticias han creado una industria mediatica a su alrededor que explota los sucesos del mundo como la industria petrolera explota el oro negro. En la industria mediatica, la noticia es materia prima y mercancía. Extrayendo hasta la última gota de potencial, sacando noticias de donde no las hay, convirtiendolo todo en noticia. Un mundo sin noticias es sencillamente un mundo que no le sirve a la industria mediatica.
La noticia da forma al panorama del discurso público, aquellas noticias más presentes en los medios, son las que más se debaten y aquellas que los medios ya no reflejan, desaparecen en el olvido. También es curioso observar los factores que hacen que una noticia sea relevante. Todos los días muere alguien en Irak como consequencia directa de la violencia desencadenada por la ocupación, sin embargo los medios de masas solamente se hacen eco de estas noticias cuando hay más de cierto número de muertos o cuando el escenario del drama es particularmente trágico, esto es, cuando el suceso se desvía por algún motivo de la norma del día a día, que en el caso de Irak es ya de por si turbulenta. Después de todo, la gente no quiere la portada de todos los diarios ocupada por las muertes violentas en Irak, día tras día. Hubo un momento en la guerra de Irak en la que un editor de un diario, tuvo que decir "la noticia de los cuatro muertos de Nayaf hay que moverla de la portada a la sección internacional", cuatro muertos en Nayaf ya no son una noticia lo suficientemente relevante para una portada. Al menos no tan relevante como hace cuatro años. Esta misma reflexión se puede llevar a otros sucesos. Las consecuencias del tsunami que arrasó con el sureste asiatico hace cuatro años aun se hacen notar, y seguramente seguirán presentes durate décadas, sin embargo el tsunami ha desaparecido del discurso internacional. El punto de mira de los medios se ha movido a otros asuntos de más actualidad y el tsunami ha caido en el olvido. Y con ello las donaciones destinadas al alivio de los afectados por ese desastre, se han visto reducidas a la nada más absoluta. Las noticias afectan a nuestras conversaciones de diario, toman nuestra atención y la dirigen, afectan no solo nuestras formas de pensar si no los temas sobre los que pensamos y sobre todo, afectan nuestra percepción de la realidad.
Recuerdo el caso de mi abuela, cuyo juicio parece a menudo turbado por una avanzada edad, tomó por costumbre esconder los cuchillos más afilados por toda la casa. Recuerdo pedirle un cuchillo para cortar un poco de jamón y me guió hasta el cajón de su ropa interior, para extraer de allí un cuchillo jamonero de dos palmos. Me quedé estupefacto. Le pregunté porqué hacía eso y ella dijo: "una ya no se puede fiar de nadie, no viste ese caso en la televisión en el que un marido mató a su mujer dándole cuarenta puñaladas en el pecho con un cuchillo?". Mi abuela era aficionada a los programas televisivos de sucesos que se emiten, desde hace unos años, justo antes del telediario y de estos programas obtenía argumentos para justificar sus comportamientos más extraños. Ella escondía los cuchillos porque tenía miedo, miedo de que su propio marido o cualquier extraño, pudiese usar uno para matarla a ella. Ese miedo no está fundamentado en su realidad de diario, mi abuelo era un hombre inofensivo y mi abuela vivía en un barrio en el que nunca pasaba nada. Es un miedo percibido e irracional, un miedo aprendido, un miedo "contraido" por decirlo de alguna manera, como el que contrae una enfermedad, un virus. Una enfermedad diseminada sin control por unos medios virulentos que exprimen como noticia hasta el estiercol más apestoso de la especie humana, reciclando en miedo los deshechos de nuestra propia existencia.
La falta de regulación, permite la más brutal de las explotaciones, sin contemplación por los fenómenos que esa explotación causa. Esto es lo que sucede en cualquier mercado capitalista cuando la actitud laissez faire toma el asiento de conductor. Y así como la explotación de cada gota de petroleo de este planeta, nos está llevando de cabeza a un desastre climático sin precedentes. La explotación de la noticia está convirtiendo a las personas en seres temerosos del prójimo, capaces de rendir sus libertades más preciadas por seguridad percibida, dóciles y apaciguados ante la impotencia de sentirse irrelevantes porque nada cambia, todo sigue igual, la crueldad humana no conoce límites y para pruebas fehacientes de esta falacia no hay más que encender la tele y poner un canal de noticias de veinticuatro horas.
Es por ello que iniciativas que intenten regular las noticias como recurso para el bien público como la tomada por el gobierno Rumano, me parecen interesantes. Demuestra una comprensión de que nuestra reacción emocional hacia las malas noticias puede ser la semilla de una profunda infelicidad endémica y que la búsqueda de un balance es digna de contemplación. Y sobre todo, la regulación del mercado que tiene a la noticia como su mercancía. Si bien es ridículo intentar crear un mundo utópico a través de los medios eliminando del panorama mediatico las malas noticias, lo que el gobierno Rumano intenta con esta iniciativa es buscar un equilibrio. No comprendo las acusaciones de los defensores a ultranza de la libertad de expresión, pues no se está quitando ningún derecho. Los medios aun podrán dar malas noticias si así lo desean, lo único que la legislación propone es la búsqueda de un balance, la compensación de las malas con las buenas. Que se dedique el mismo tiempo al descubrimiento de una nueva especie de flor, que a cuatro muertos más en Nayaf. Esta iniciativa no retira los derechos exitentes de ningún ciudadano a estar informado, si no que añade a la oferta de noticias entre las que la gente puede escoger. Y cualquier iniciativa que proporcione a la gente más libertad y no menos, es digna de ser considerada seriamente. Me parece una iniciativa saludable y ejemplar.
Escudarse tras las murallas de la libertad de expresión para preservar un status quo es rastrero. A menudo las palabras libertad de expresión se usan como arma arrojadiza y el hacerlo así desvirtua su significado real. Los medios hace mucho tiempo que han dejado de satisfacer el interés público y que han caido en el reduccionismo del anáisis de mercado, donde se estipula que lo más interesante es aquello que mueve a las audiencias más numerosas. La noticia es un bien de consumo y los nuevos defensores de la libertad de expresión no son más que liberales contrarios a cualquier regulación de este mercado. En este panorama la libertad de expresión carece de legitimidad intelectual y se reduce a frase hecha, vacía de significado pero con potencial como arma arrojadiza.
Comentarios
El único país que estaba intentando poner un poco de orden en este asunto es Rumanía y su iniciativa ha sido derribada por los talibanes de la libertad de expresión.
Llamar "talibanes" a los que hablan de libertad de expresión (la ley esa en Rumanía me parece espeluznante) es simplificar de manera hiperbólica.
Mejor haría el autor en revisar ortográficamente su artículo, incluso en francés: "laissez faire" se escribe así.
Y el laissez faire tan "liberal" también daría para muchos artículos en este blog.
Yo trato aquí con un aspecto muy concreto de esta libertad, no la discuto en todas sus facetas. No te quito razón cuando dices que es un concepto muy complicado.
Y sobre la revisión ortográfica: cuando necesite un editor, contactaré contigo. Hasta entonces, prefiero transcribir mis reflexiones y usar el lenguage como material de expresión inmediata, a sufrir de parálisis intelectual por tener miedo a que mi capacidad literaria no esté a la altura.
Yo primero pienso y luego lo escribo como puedo. ;) Si te joden las faltas, ayúdame a corregirlas. :)